Pienso esto desde el eco de insultos disfrazados de chicanas políticas… y su viceversa.
Las palabras jamás deberían usarse para herir o reducir. Y cuando se las usa así en el Parlamento, en ese lugar donde la palabra es la herramienta de la democracia, el golpe es doble: a la persona y a la institución.
Como sociedad seguimos usando condiciones como marcas de valor. Adjetivos al pie que intentan traducirse en (falta de) legitimidad: gorda, negro, feo, puta, sucio, despeinada, cheto… etcétera, etcétera, etcétera.
Me niego a pensar que es demasiada ambición querer que seamos mejores.
No estoy de acuerdo con la tolerancia, salvo como un tiempo de espera mientras trabajo el respeto. Este nivel en el Parlamento no es ni será respetable, entonces no puedo tolerarlo. Por eso me cuesta dormir.
Debemos por supuesto condenar cada agravio puntual. Pero necesitamos mirar la foto más amplia si no queremos seguir naturalizando cosas inadmisibles. La mediocridad del intercambio, el regodeo en la trampa, el tiempo que se escurre en peleas que no transforman nada… foto en la que todos podemos terminar cayendo y en la que siempre espero tener “un amigo que me diga” que cai.
La vida está ahí afuera. Y ya no espera mucho de nosotros…
pero merece más.
Estoy convencida de que la política es una herramienta de construcción. Y sí, también puede ser un juego: desafiante, entretenido, con estrategias, con ganadores y perdedores. Pero redefinamos qué es ganar. Porque si ganar un punto retórico vale más que acordar un paso adelante para el país, o por dar ese paso tengo que ceder en mis principios éticos, yo no quiero jugar más. Pero no dejaré de jugar… aunque haya que multiplicar la energía para defender o cambiar las reglas.
Y esto depende de quienes estamos acá y de quienes no. Porque este juego, vuelto entretenimiento masivo, nos devuelve un reflejo distorsionado. Cuestionemos al sistema y cuestionémonos como parte de él.
Confío en que el trabajo sigue siendo posible sin burlas y sin negociar dignidades. Defiendo que hay un trabajo muy importante fuera de la cámara (y de las cámaras). Pero es muy difícil formar parte de este lodo… me analizo todas las noches -incluídas estas en que me cuesta dormir- sabiendo que es borroso el límite entre estar y ser .
Creo que la bondad también es inteligencia,
y que la empatía también es política.
No sé si somos más los que creemos en eso, pero sé que somos muchos.
No permitamos que nos saquen las ganas. No voy a permitir que nada me saque las ganas…
¿Quién es esa que me mira desde el barro?
Soy yo… y no estoy dispuesta a no reconocerme.”
